SeccionesEmpresaLa revolución del cuarzo y una industria que no dejó de evolucionar 

La revolución del cuarzo y una industria que no dejó de evolucionar 

A partir de finales de los años 1960 y durante las décadas de 1970 y 1980, la aparición y expansión de los relojes de cuarzo desató un cambio estructural que afectó profundamente a la industria tradicional —especialmente a la relojera suiza— y dejó un legado que aún modela el mercado global de hoy

La llegada de los relojes de cuarzo en la década de 1970 marcó una de las transformaciones más profundas en la historia de la relojería, un fenómeno conocido popularmente como la crisis del cuarzo o revolución del cuarzo. Esta etapa no solo puso a prueba la resiliencia de la industria tradicional, sino que también cambió para siempre su estructura, su oferta tecnológica y su posición en el mercado global.

Antes de la revolución del cuarzo existía el Estatuto del Reloj Suizo que, como bien explica Gisbert L. Brunner, historiador de relojería y autor de The Watch Book Oris, llegó cuando “la caída de la bolsa de Nueva York y la consiguiente crisis económica mundial tuvieron un impacto muy negativo en la industria relojera suiza. La feroz competencia obligó a los fabricantes a luchar con uñas y dientes, a veces utilizando tácticas muy duras. Entre ellas se incluían la competencia desleal y el dumping de precios masivo. Para contrarrestar esto, el 15 de marzo de 1934 entró en vigor una ley para proteger y regular el mercado relojero. Esta ley introdujo estrictos requisitos de licencia para la exportación de piezas de relojería, así como para la constitución, expansión y reestructuración de empresas, y tenía como objetivo frenar la exportación de movimientos de relojería suizos en forma de plantillas”. 

El principio de mantener la restrictiva ley relojera se justificaba con el argumento de proteger el empleo: la libertad económica sin restricciones se contraponía a un sistema regulado que ofrecía condiciones laborales aceptables. Sin embargo, los objetivos sociopolíticos desempeñaron un papel secundario. La atención se centró en controlar la producción y las exportaciones en la industria relojera suiza. La exportación de relojes terminados, movimientos completos y cajas no requería licencia, mientras que los movimientos en bruto, las plantillas, los componentes y las herramientas y máquinas especiales seguían estando sujetos a autorización”. 

La primera flexibilización de las restricciones se hizo patente en 1961 pero en 1971 llegó la revolución del cuarzo que comenzó con un hito tecnológico: el Seiko Astron, presentado en diciembre de 1969, considerado el primer reloj de pulsera con movimiento de cuarzo del mundo. Este modelo inauguró una nueva era en la que los mecanismos mecánicos tradicionales —basados en engranajes, resortes y precisión artesanal— empezaban a verse amenazados por sistemas electrónicos más precisos, baratos y fáciles de producir. A diferencia de los movimientos mecánicos, los relojes de cuarzo utilizan un cristal de cuarzo que vibra a una frecuencia muy alta cuando recibe una carga eléctrica, lo que permite medir el tiempo con mayor precisión y menores costes de producción. 

Para muchas casas tradicionales, especialmente en Suiza, esta revolución representó un choque de magnitud histórica. En los años previos a la crisis, Suiza dominaba casi la totalidad del mercado mundial de relojes. Sin embargo, con la explosión de la demanda de cuarzo, la producción relojera suiza se redujo drásticamente, y el número de empresas y trabajadores del sector cayó de forma significativa.  Concretamente, entre 1970 y principios de los años 1980 se estima que el número de fabricantes suizos pasó de alrededor de 1.600 a poco más de 600, y el empleo en el sector se desplomó. Algunos historiadores incluso comparan el impacto económico en regiones enteras de Suiza con grandes crisis industriales contemporáneas.

Marcas históricas que no pudieron adaptarse terminaron desapareciendo o fusionándose con grupos más grandes, mientras que otras lucharon por encontrar su lugar enfrentándose a fabricantes japoneses como Seiko, Citizen o Casio, que dominaban la producción en masa con productos más accesibles. 

Una respuesta clave llegó en 1983, cuando los conglomerados ASUAG y SSIH —dos de los grupos relojeros más grandes de Suiza— se fusionaron para formar ASUAG/SSIH, que más tarde sería rebautizado como SMH y, finalmente, Grupo Swatch. Esta nueva entidad no solo ayudó a salvar a muchas marcas suizas de la quiebra, sino que además introdujo productos innovadores y competitivos.

Crisis, ¿u oportunidad?

Aunque se habló de “crisis”, muchos analistas consideran que este periodo debe verse también como una revolución industrial. La llegada del cuarzo obligó a las casas mecánicas a replantear su estrategia y valorar sus fortalezas: la artesanía, la tradición y el valor cultural de sus piezas frente a la eficiencia del producto electrónico. La redefinición del valor fue un aspecto clave ya que los aficionados y coleccionistas comenzaron a valorar más la artesanía, tradición, complicación técnica y estética de los relojes mecánicos. 

Por ello, algunas marcas suizas respondieron apostando por el segmento de lujo y la alta relojería, donde los movimientos mecánicos conservaron su valor emocional y distintivo. Patek Philippe, Vacheron Constantin, Audemars Piguet, Rolex y otras firmas de alta gama se diferenciaron promoviendo la artesanía tradicional y la complejidad de sus mecanismos, reforzando la percepción de los relojes mecánicos como símbolos de estatus y lujo. 

A largo plazo, la revolución del cuarzo transformó la industria a través de la diversificación del mercado ya que el cuarzo democratizó el acceso a los relojes al abaratar los costes, expandiendo su alcance a un público mucho más amplio. También supuso la reinvención de la mecánica, cuando la presión del cuarzo impulsó a la alta relojería a redefinir su valor en términos de arte, complejidad técnica y exclusividad. Al mismo tiempo, la crisis provocó la unión de empresas y la modernización de procesos de producción, sentando las bases de los grandes grupos relojeros actuales. 

Hoy, tanto los relojes mecánicos como los de cuarzo coexisten, cada uno con su propuesta de valor y, ambos, formando un músculo importante en la industria que la redefine en la actualidad a través de calidad y valor. Por ello, se podría decir que la crisis del cuarzo fue un punto de inflexión que obligó a una industria centenaria a reinventarse, redefinir sus valores y adaptarse a un nuevo orden tecnológico y comercial. Lejos de ser solo un episodio de declive, este periodo dejó una herencia de innovación, resiliencia y diversificación que aún moldea el sector relojero global. 

La industria de la alta relojería hoy 

El informe de 2025 sobre la industria relojera suiza, elaborado por Morgan Stanley y LuxeConsult, destaca un mercado en transición marcado por una fuerte polarización, donde el lujo domina mientras el segmento medio enfrenta presiones significativas. A pesar de los desafíos macroeconómicos y geopolíticos, la industria sigue batiendo récords de valor, consolidando la “premiumización” del mercado. En este contexto, la relojería suiza (y la relojería en general) ya no compite principalmente en volumen, sino en valor, exclusividad y percepción de marca.

Hoy, la alta relojería y la premium ya no se entienden desde la utilidad, sino desde la emoción, la identidad y el valor simbólico. El reloj mecánico ha dejado de ser un instrumento necesario para convertirse en un objeto cultural. Su función principal ya no es competir en precisión con sistemas electrónicos —algo que perdió definitivamente durante la crisis del cuarzo—, sino ofrecer una experiencia que combina ingeniería, artesanía, herencia histórica y exclusividad. Este cambio de paradigma ha sido clave para la supervivencia del sector, pero también para su expansión hacia nuevos públicos y mercados. Como afirmó Franziska Gsell, Chief Marketing Officer de IWC Schaffhausen para una entrevista publicada en Grupo Duplex y realizada en el marco de Watches and Wonders Geneve 2026, “un reloj mecánico no es una necesidad, es una emoción. Es arte, es tiempo en la muñeca, es una historia personal”. 

En este contexto, la innovación también se ha convertido en un elemento central aunque redefinido. No se trata únicamente de una innovación orientada a la sustitución tecnológica, sino a la mejora constante dentro de los propios límites de la mecánica tradicional.  Este enfoque se ha hecho especialmente visible en la última edición de Watches and Wonders, un escenario en el que las nuevas creaciones pusieron en valor los pilares clásicos del sector – relojes de dos y tres agujas, diseños ultrafinos, movimientos esqueletizados, inspiración vintage y tamaños más compactos – mientras que al mismo tiempo, a nivel técnico, dominaron complicaciones como los cronógrafos y calendarios perpetuos, sin olvidar el eterno atractivo del tourbillon y, en cuanto a materiales, el titanio, el acero y la cerámica se posicionan como referencias indiscutibles, todo ello creando un conjunto de innovación. 

Sin embargo, uno de los factores más relevantes en la evolución reciente de la industria de la relojería no es únicamente tecnológico, sino sociocultural. Durante años la alta relojería se percibió como un universo ligado a públicos de mayor edad, coleccionistas tradicionales o consumidores de alto poder adquisitivo con una fuerte conexión con la herencia histórica de las marcas pero en la última década se ha producido un cambio significativo en este patrón. Las generaciones más jóvenes han comenzado a mostrar un interés creciente por la relojería mecánica, pero desde una perspectiva diferente. Para estos nuevos consumidores, el valor del reloj no reside únicamente en su prestigio o exclusividad, sino en su narrativa, su diseño y su capacidad de expresión personal. En un entorno dominado por la inmediatez digital y la producción masiva, el reloj mecánico representa un retorno a lo tangible, a lo duradero y a lo artesanal.

A esto se suma el papel creciente de la mujeres en la alta relojería, tanto como consumidores como dentro de la narrativa de las marcas. Históricamente, la relojería de lujo ha estado orientada mayoritariamente al público masculino, que todavía representa alrededor del 70–75% del mercado en términos de volumen. Sin embargo, esta brecha se está reduciendo progresivamente. 

En los últimos años, las firmas relojeras han ampliado de forma significativa sus colecciones femeninas, no solo en términos estéticos, sino también técnicos, incorporando complicaciones tradicionales en formatos adaptados y diseños más versátiles. Paralelamente, el crecimiento del poder adquisitivo femenino y su mayor participación en el consumo de lujo han impulsado una demanda más sofisticada y menos estereotipada.

En definitiva, la emoción, la historia y la artesanía han sustituido a la necesidad como eje central del valor consolidando una industria que siempre está en una reinvención constante. 

Beatriz Badás
Beatriz Badás
Periodista
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